Juliana vivió el último día de la guerra tal como todos los anteriores. Preparó la maleta asegurándose que no faltara nada. Revisó que el fusil estuviera limpio y que la munición, siempre tan escasa, quedara al alcance de la mano. Sabía que la marcha le llevaría horas. No obstante, al salir notó que algo era diferente: Marcela llevaba un oso de peluche engarzado al morral, mientras Beto, casi siempre malhumorado, contaba entre risas cómo una culebra se le había metido en la bota. La larga fila avanzaba por paisajes conocidos. A lo lejos la torre de una iglesia, más allá la curva que conducía al río y de ahí, después de horas en lancha, caminar por ciudad. Fue pocas veces, algunas con su padre y otras con sus compañeros. Le asombraba que la gente hablara sin temor, las escaleras eléctricas que se movían solas o que el ruido de un avión más que generar pánico no pasara de ser una anécdota. La verdad nunca había disfrutado esas incursiones furtivas, porque según le habían dicho era fácil que los agarraran y después solo se desaparecía en el silencio.
A lo lejos unos niños de una escuela los saludaban con banderas blancas. Recordó que cuando se la llevaron ni siquiera había cumplido los doce años. Las primeras noches no pudo dormir pensando en su mamá y su abuela, solas trajinando entre los animales y arrancándole a la tierra lo poco que les permitía vivir.
La zona de Paz era grande. Según le dijo un funcionario del gobierno estarían tres meses mientras “normalizaban” su situación, aunque ella por ser menor de edad sería ubicada con su familia más cercana.
La maleta estaba completa. Eran tres cuadernos, varios lápices y una caja de colores. Por primera vez en mucho tiempo el uniforme no le quedaba grande. Por el camino su prima Sandra le dijo que en la mañana se iban juntas, pero que en la tarde no la podía acompañar porque tenía ensayo de violín en el colegio. En un papelito escribió el número de salón y el nombre de algunos profesores por si se perdía.
La silla que le dejaron estaba cerca a la ventana. A las diez una chica de cabello negro con mechones morados la invitó a sentarse con ella en el patio. Le presentó a casi todo mundo, les dijo que era una “pelada nueva”, y que había llegado a Bogotá no hace una semana. Nilson le dijo que hablaba chistoso, Milena que se arrimara a jugar básquetbol y Diego, que siempre miraba hacía el piso, que le gustaban los computadores y que si quería le enseñaba cuando tuviera tiempo. Después de tres meses pudo dormir. Ya no escuchaba el repiqueteo de los fusiles, el atronador sonido de las granadas o el pasar de los aviones que tanto la asustaba. Pensó que la maleta ahora la llevaría a otros lugares mejores. Esta ciudad, sus calles, la familia y su colegio son ahora un hogar.