El juicio contra Guzmán Ramírez: Yudy Piedrahíta o el perdón a pesar de todo
Bogotá, 23 de abril de 2026 (@UIA_JEP) La imagen sigue intacta en su memoria desde hace casi 30 años. Es el 22 octubre de 1997 y Yudy Elena Piedrahíta Torres está observando por una rendija del zarzo de su casa cómo decenas de paramilitares tienen tendidos en el suelo a por lo menos 18 campesinos del corregimiento El Aro, en el municipio antioqueño de Ituango.
Yudy —entonces de 10 años— no se atreve ni a respirar. Quiere llorar y gritar, pero no lo hace porque uno de los hombres que está tirado en el piso de la placita de El Aro es su padre y teme que los hombres armados lo asesinen ante el menor ruido.
Poco después llegan los disparos. Los paramilitares empiezan a asesinar uno por uno a los hombres que están acostados en el suelo. Las víctimas mortales son 17. Solo una persona se salva de la masacre: Rafael Ángel Piedrahíta Henao, el padre de Yudy.
“Entre los paramilitares que llegaron (a El Aro) estaba un hombre que había sido guerrillero. Ese señor distinguía a mi papá y le dijo al paramilitar que le iba a disparar: 'A ese señor no le vaya a hacer nada. Déjelo quieto que él no se mete con nadie. Ese señor es una buena persona que tiene nueve hijos", le contó Yudy, el martes pasado, a la oficina de prensa de la Unidad de Investigación y Acusación.
Yudy, sus dos hijos y su esposo llegaron el domingo pasado a Bogotá procedentes del municipio antioqueño de Bello para asistir al juicio que la Jurisdicción Especial para la Paz adelanta en contra del coronel en retiro del Ejército David Herley Guzmán Ramírez.
En diciembre de 2024, la Unidad de Investigación y Acusación acusó a Guzmán Ramírez porque presuntamente —en compañía de otros miembros de la fuerza pública y en asocio con organizaciones paramilitares del norte de Antioquia— participó entre 2004 y 2005 en la comisión de homicidios, en desapariciones forzadas y, en algunos casos, en tratos crueles, humillantes y degradantes contra un sector de la población civil de las localidades de Ituango y Dabeiba.
A la fecha, Guzmán Ramírez insiste en su inocencia.
Lo salvó un milagro
La masacre de El Aro fue perpetrada entre las 9 y las 10 de la mañana de ese malhadado día de octubre de 1997. Desde el zarzo de la casa de su familia, Yudy y dos de sus hermanos alcanzaron a ver cómo su padre se puso de pie —en medio de 17 cadáveres— luego de que un paramilitar intercedió por él para que no lo mataran.
Apenas cometieron la masacre, los paramilitares obligaron a un grupo importante de campesinos a abandonar El Aro. Entre ellos estaban los Piedrahíta Torres, quienes despavoridos abandonaron el caserío y caminaron sin mirar atrás hasta llegar juntos —menos el padre— a Puerto Valdivia.
A los pocos días de su arribo a la mencionada localidad de Antioquia, al grupo de los Piedrahíta se unieron el padre y una de sus tías.
El primero, luego de que los paramilitares lo dejaron en libertad tras una semana de detención ilegal y de trabajos forzados. La segunda, a ofrecer sus servicios y a darles una mano a sus atemorizados familiares desplazados.
Apenas vio a su esposa y a sus hijos en Puerto Valdivia, Rafael Ángel Piedrahíta les contó que, cuando los campesinos empezaron a ser masacrados en El Aro ese 22 de octubre, “yo sentía que la sangre de los muertos corría por el lado mío como agua. Sentía el ruido de la sangre y también sentía como llegaba hasta mi cuerpo".
Cuatro de los nueve hijos Piedrahíta —entre ellos Yudy— salieron para Medellín en compañía de la tía Susana.
La aventura en Medellín y Puerto Valdivia no duró mayor cosa para la familia. Pocos días después toda la parentela se reunió de nuevo en El Aro con la consigna de que tenían que ser más fuertes y unidos que nunca.
Y lo fueron.
El horror
Cuando tenía 14 años, Yudy Piedrahíta conoció al hombre que le cambiaría la vida para siempre, al amor de su vida. Se llamaba Rodrigo Humberto Torres Múnera y, según sus palabras, se enamoró de él por su aspecto físico y por su labia encantadora.
No había pasado mucho tiempo desde el inicio del noviazgo cuando Yudy quedó en embarazo. Tenía escasos 15 años y adicionalmente la desaprobación de sus padres por su relación con el papá de su hijo (al que llamarían Jefferson).
Poco después del nacimiento de Jefferson, Yudy y Rodrigo Humberto Torres se fueron a vivir juntos. Fue una época de mucha felicidad, amor y unión familiar. La muerte, sin embargo, rondaba muy cerca de la casa de los Torres Piedrahíta.
El 8 de noviembre de 2004, todavía muy lejos del amanecer, Yudy y Rodrigo Humberto Torres empezaron a escribir su historia de dolor.
“Ellos (los integrantes del Batallón Contraguerrilla 79) llegan y gritan duro: 'Somos las Autodefensas Unidas de Colombia. Ábranos la puerta o les tiramos una granada por la ventana", recordó Yudy, quien en ese momento sintió que se le venía el mundo encima y solo atinó a decirle a su esposo: “Vaya abra la puerta, porque si no aquí nos van a matar a todos".
La verdad es que los agresores de la vivienda de los Torres Piedrahíta no eran paramilitares. En realidad, eran hombres del Batallón Contraguerrilla 79 que apenas vieron a Rodrigo Humberto Torres en ropa interior se le fueron encima, le amarraron las manos y, con la luz de varias linternas, le gritaron: “A usted lo estábamos buscando, gran hp".
Acto seguido, los militares sacaron de la vivienda a Rodrigo Humberto Torres y empezaron a torturarlo. Yudy aún recuerda que mientras los uniformados torturaban y golpeaban con sus armas a su marido, ella abrazaba y protegía al pequeño Jefferson que apenas tenía un año.
Rodrigo Humberto Torres, mientras tanto, trataba de no quejarse mucho por las torturas y, según Yudy, varias veces les dijo a sus agresores la misma frase: “Hagan lo que quieran conmigo, pero no se metan ni con mi mujer ni con mi hijo".
Casi 22 años después de los hechos ocurridos en la vereda San Luis de El Aro, Yudy mantiene que su esposo no era guerrillero y que, en realidad, para esa época en Ituango —octubre de 2004— la guerrilla se movía a sus anchas.
“Mucho miliciano (de las FARC) era amigo de infancia de Rodrigo. Por eso era común verlo en los bares (de El Aro) tomando cerveza con ellos. Pero, insisto, él no era guerrillero", recalcó Yudy sobre el pasado de Rodrigo Humberto Torres.
Al corroborar que en la vivienda de los Torres Piedrahíta no había armas, los integrantes del Batallón Contraguerrilla 79 se dirigieron a Yudy y sin rodeos le dijeron: “A su esposo nos lo vamos a llevar. Usted nunca más va a volver a saber de él. Lo vamos a llevar donde nuestro jefe al Alto del Oso".
Hacia las cinco de la mañana, los militares corruptos dejaron la vivienda y se llevaron a Rodrigo Humberto Torres. Esa fue la última vez que Yudy vio con vida al padre de su hijo.
La confesión
La otra parte de la trágica historia de Rodrigo Humberto Torres y Yudy Elena Piedrahíta ha sido contada durante las cinco sesiones del juicio contra Guzmán Ramírez por exmilitares como Fidel Iván Ochoa, Anderson Aguinaga, Jorge Eliécer Barrientos y Ricardo Manuel Buelvas.
Así lo han narrado:
Un informante o guía del Batallón Contraguerrilla 79, apodado “el Mocho" —porque le faltaban uno o más dedos en una de sus manos—, les dijo a los militares que en El Aro había un laboratorio de la guerrilla para el procesamiento de cocaína.
Entonces Guzmán Ramírez ordenó el operativo y también que lo encabezara el suboficial Fidel Iván Ochoa. El objetivo era dar muerte a los guerrilleros que al parecer estaban en el laboratorio.
Toda vez que —según Barrientos— llegaron tarde al laboratorio, los presuntos rebeldes huyeron. Al final, dos hombres que vivían en la zona fueron retenidos por la tropa y llevados hasta el Alto del Oso. Eran Rodrigo Humberto Torres y Wilber Muñetón.
Los dos fueron entregados allí a los paramilitares.
Posteriormente, el entonces mayor David Herley Guzmán les llamó la atención a sus subalternos por haber hecho mal las cosas y, por radio, les dio la orden de regresar por uno de los hombres que había quedado en poder de los paramilitares.
La orden se cumplió, según los militares. Rodrigo Humberto Torres les fue devuelto por los paramilitares con camuflado y llevado al puesto de mando adelantado. Allí, Guzmán Ramírez dio la orden de matarlo. Primero el soldado Buelvas le disparó, pero no lo mató. Entonces el soldado Aguinaga lo remató con su arma.
Acto seguido, Guzmán Ramírez le dio la orden a Barrientos de que le disparara al cuerpo sin vida de la víctima. El soldado, sin embargo, no fue capaz de cumplir la orden.
“Usted lo que tiene es miedo, usted lo que está es cagao (sic)", le dijo Guzmán Ramírez a Barrientos.
La otra víctima de la retención ilegal, Wilber Muñetón, fue dejado libre por los paramilitares a los pocos días. Más de 21 años después, todavía lo atormentan los fantasmas del secuestro.
Rumbo a Medellín
Cuando regresó del secuestro, Wilber Muñetón buscó a Yudy Piedrahíta. Le contó que había estado varios días con su esposo en el sitio de retención y que lo había dejado muy decaído y desmejorado.
Unos dos meses después de la desaparición de Rodrigo Humberto Torres, la guerrilla abordó a Yudy y le dijo que no veía con buenos ojos su estadía en El Aro toda vez que no descartaba que su compañero se hubiera ido voluntariamente con los paramilitares.
Entonces Yudy se vino para Bello, un municipio ubicado a pocos kilómetros de Medellín.
Su niño, Jefferson, se quedó en Ituango con sus abuelos. Ocho años estuvieron separados madre e hijo.
La primera temporada en Bello fue de infierno. Durante varios meses vivió escondida y sola en una humilde casa que su padre había comprado en el barrio El Tapón, donde —al decir de Yudy— “había un ambiente muy pesado y con mucha drogadicción".
En la vivienda de El Tapón, Yudy literalmente pasó hambre. Casi a diario lloraba. Pero, por fortuna para ella, apareció una prima suya que le propuso trabajar en Medellín en la casa de un matrimonio conformado por un colombiano y una estadounidense.
De allí se fue a los cuatro años luego de que una amiga de la extranjera le propuso trabajar con ella por un poco más de dinero.
Fue allí también, en la capital antioqueña, que Yudy recibió una noticia devastadora: uno de sus hermanos mayores, Édgar Danilo Piedrahíta, había sido asesinado por la guerrilla.
Con el tiempo, Yudy se enamoró de nuevo. Se hizo al cariño de un buen hombre que lo primero que le sugirió fue que tuviera a su lado al pequeño Jefferson. Duraron cuatro años, pero “me montó cachos (o le fue infiel) y entonces lo dejé".
Hace unos siete años, Yudy conoció al padre de Josías, su segundo hijo, y quien tiene cuatro años. Se casaron en 2020. “Es un buen esposo, resabiadito a veces, pero se puede lidiar", observó con sorna la valiente mujer, hoy de 38 años.
Y, finalmente, hacia septiembre de 2024 Yudy recibió una llamada telefónica que jamás esperó. Eran funcionarios de la Unidad de Investigación y Acusación que le tenían una noticia bomba: que el cuerpo de Rodrigo Humberto Torres había sido encontrado en el cementerio de Ituango.
“Yo no lo podía creer. Fue un baldado de agua fría. Se revivieron todas las cosas del pasado, pero también hubo un alivio porque se supo qué pasó con él", indicó Yudy, quien a renglón seguido advirtió: “Lo que más duro nos dio fue cuando nos enteramos de que el Ejército era el que había hecho eso".
—¿Ya perdonó?
—Ya perdoné a los que confesaron y a los que no han confesado también, incluido él (en referencia al coronel David Herley Guzmán). La única afectada con la falta de perdón es la persona que no perdona.
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P.D.: Los párrafos del intertítulo “La confesión" ya habían sido publicados en otro artículo de la Unidad de Investigación y Acusación, el 23 de enero de 2026.