​​​​​​Gladys Vargas: la madre que convirtió la desaparición de su hijo en una vida de lucha

A las cuatro y media de la madrugada del sábado 6 de abril de 2002, Gladys Vargas Jaimes ya estaba despierta. Se había levantado temprano para prepararle el desayuno a Elvis Luis Vargas Jaimes, su hijo mayor, un muchacho de 17 años que cursaba grado 11 y que ese día tenía programado ayudarle a un tío suyo en un taller mecánico en el municipio nortesantandereano de Villa del Rosario. 

 

Antes de salir, el joven le hizo una promesa que ella todavía repite de memoria, más de dos décadas después.

 

—Mamá, no olvide cotizar unas sillas de mimbre. Estoy ahorrando. Ese va a ser su regalo del Día de la Madre.

 

Fue la última conversación entre madre e hijo.

 

Desde entonces, Gladys ha vivido 24 años persiguiendo respuestas que nunca han llegado del todo. Su historia es la de una madre desesperada por la desaparición forzada, pero también la de una mujer que transformó el dolor en una lucha permanente por la verdad y la memoria.

 

Nació hace 62 años en Capacho Viejo, en el estado Táchira, Venezuela. Fue la tercera de 10 hermanos —cinco hombres y cinco mujeres— en una familia humilde. Su padre era latonero y pintor. Su infancia, sin embargo, estuvo marcada por una pérdida que todavía lamenta.

 

Su madre murió cuando Gladys apenas tenía ocho años.

 

No hay madrastra buena. Madre hay una sola", dijo —con la contundencia de quien nunca terminó de cerrar esa herida— durante una reciente entrevista en Cúcuta con la oficina de prensa de la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP.

 

A los 16 años decidió irse de la casa. Cansada de la convivencia con su madrastra, viajó sola a Caracas con un propósito claro: trabajar y estudiar pedagogía. 

 

Cursó dos semestres en la universidad antes de dejar los estudios al conocer al hombre que se convertiría en el padre de sus cuatro hijos.

 

La vida volvió a cambiar de forma abrupta en 1995. Su esposo murió en un accidente en Caracas. Gladys quedó viuda y tomó la decisión de regresar definitivamente a Colombia, donde ya habían nacido sus hijos, todos registrados en Cúcuta.

 

No era una mujer acostumbrada a quedarse quieta. Incluso, antes de enviudar, había desempeñado un oficio poco habitual para una mujer de la época: trabajó en un taller mecánico haciendo mantenimiento a vehículos.

 

Cuando enviudé me vine para Colombia y aquí me quedé", explicó.

 

Durante años intentó reconstruir una vida para sus cuatro hijos: tres hombres y una mujer. Elvis era el mayor. Había nacido el 10 de octubre de 1984 y, según recuerda su madre, era un adolescente tranquilo, dedicado al estudio y alejado de los problemas.

 

Era un muchacho muy sano", enfatizó.

 

Nada hacía presagiar lo que ocurriría aquel sábado de abril de 2002.

 

Dos días antes, un tío lo había invitado a trabajar una jornada en su taller del sector de La Parada. Cuando terminaron la labor, cinco jóvenes se quedaron allí esperando el pago: cuatro aguardaban el jornal completo de la semana; Elvis, apenas el dinero correspondiente a un solo día.

 

Entonces apareció una camioneta gris.

 

Según el testimonio que Gladys reconstruyó después, varios hombres obligaron a subir a los cinco muchachos al vehículo. Ninguno volvió a ser visto.

 

Durante horas ella ignoró lo ocurrido.

 

Aquella noche sintió una inquietud que no olvida. “La pasé intranquila. Varias veces me levanté y fui hasta su cama para ver si había llegado", evocó.

 

El domingo comenzó la búsqueda entre familiares, vecinos y amigos. Nadie sabía nada. Solo el lunes apareció la primera pista.

 

Al lado del taller donde desaparecieron los jóvenes funcionaban unos billares. Después de insistir durante horas, Gladys consiguió que una muchacha que había presenciado todo rompiera el silencio.

 

La joven confirmó que los cinco muchachos habían sido montados a la brava en una camioneta. Fue la primera pista de una investigación que Gladys emprendería prácticamente sola.

 

Al día siguiente, una hermana le lanzó una frase que la dejó helada:

 

—¿Usted ya sabe lo que le pasó a Elvis?

 

No sé, pero presiento que algo le pasó", le respondió.

 

El miércoles comprendió que toda su familia conocía algo que ella todavía ignoraba. Desesperada, llamó a la esposa de uno de sus hermanos y le envió el siguiente mensaje:

 

Dígale que yo estoy preparada para lo que sea, pero que no me oculten más la verdad".

 

Horas después llegó al taller donde estaba su padre. Allí estaban reunidos casi todos sus hermanos, incluso aquellos que vivían lejos de Cúcuta.

 

Todos sabían menos yo", añadió.

 

Mientras seguía a su hermano Luis por el taller, escuchó de él una frase que todavía retumba en su memoria: “No sé cómo decirle a Gladys que Elvis está muerto".

 

Luis —su hermano— había viajado hasta Juan Frío, un corregimiento de Villa del Rosario que años después se haría tristemente célebre cuando se desveló que grupos paramilitares habían instalado allí hornos crematorios para desaparecer los cuerpos de sus víctimas.

 

Según el relato que recibió Gladys, integrantes de esas bandas armadas le dijeron a su hermano que los cinco muchachos habían sido asesinados dentro de la camioneta y que luego sus cuerpos fueron llevados hacia Venezuela.

 

Ella, sin embargo, se negó a aceptar esa versión.

 

Durante varios días regresó una y otra vez a Juan Frío buscando información o, al menos, la posibilidad de recuperar el cuerpo de su hijo.

 

Pero nunca obtuvo respuesta. Lo que encontró fueron amenazas. Le ordenaron que dejara de preguntar y más adelante recibió otro mensaje aún más cruel: los paramilitares le hicieron saber que ya no tenía que seguir pagando la cuota extorsiva que cobraban en el sector donde ella vivía.

 

Usted ya pagó la cuota con la muerte de su hijo", le informaron, según ella, en un papelito.

 

Poco después, hombres armados llegaron hasta la casa de una hermana donde Gladys permanecía escondida. Le advirtieron que dejara de buscar lo que “no se le había perdido".

 

Lejos de intimidarla, aquellas amenazas marcaron el comienzo de una lucha que todavía continúa.

 

Ahí empezó mi lucha", dijo con tono de satisfacción.

 

Durante años cambió constantemente de vivienda. Dormía en casas de familiares para evitar ser localizada. “Vivía escondida, como si estuviera prisionera", recalcó.

 

Cuando comenzaron las audiencias de Justicia y Paz, a mediados de la década del 2000, vio una oportunidad de oro para acercarse a la verdad.

 

Asistió a diligencias judiciales, escuchó versiones de antiguos integrantes de grupos paramilitares y esperó durante años una confesión que explicara qué había ocurrido con Elvis.

 

En una de esas audiencias, hacia 2010, escuchó el relato que terminaría por afectar su salud. Un exparamilitar declaró que los jóvenes habían sido asesinados, torturados, desmembrados y luego incinerados.

 

Ese día me dio un infarto. Casi me muero", contó.

 

En otra audiencia en Justicia y Paz, Gladys confrontó a Jorge Iván Laverde, alias “el Iguano", un excabecilla paramilitar que en su momento confesó haber estado detrás de los asesinatos de varios miles de personas en Norte de Santander.

 

La adolorida madre le preguntó por qué los hombres bajo su mando habían asesinado a su hijo. “Porque era colaborador de la guerrilla", le respondió mentirosamente “el Iguano". 

 

Entonces Gladys se olvidó de que el hombre que tenía en frente era un peligroso asesino y, con la voz en alto, le exigió pruebas que sustentaran su afirmación. 

 

“El Iguano", desde luego, no tenía cómo probar que Elvis Luis Vargas tenía nexos con las guerrillas. Gladys, en cambio, sí exhibió documentos que demostraban que su muchacho era un joven de bien.

 

Como si los problemas no bastaran, meses después perdió también a uno de sus mayores apoyos. Su hermano Luis, quien la había acompañado en la búsqueda de Elvis, fue asesinado en diciembre de 2010.

 

Con el paso del tiempo, su tragedia personal se transformó en un compromiso colectivo.

 

Hace aproximadamente 18 años comenzó a trabajar de lleno como activista en la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes), una organización que acompaña a víctimas de desaparición forzada en Colombia.

 

Llegó a ser representante de la organización en Cúcuta y actualmente ocupa el cargo de secretaria.

 

El trabajo, no obstante, tuvo un costo. Las amenazas nunca desaparecieron. En una ocasión le advirtieron que asesinarían a una de sus nietas. “Lo que hice fue esconderme un tiempo".

 

Ni siquiera eso bastó para detener la persecución.

 

La tarde del 10 de mayo de 2024 estaba descansando en su casa cuando varios hombres en motocicleta dispararon contra la vivienda.

 

Salió ilesa.

 

Para entonces, la palabra miedo había desaparecido de su diccionario. A esa historia de violencia se sumó otra batalla inesperada: sobrevivió a un cáncer de mama.

 

Hoy habla con serenidad de la posibilidad que durante años se negó a aceptar. “Ya no guardo la esperanza de que Elvis esté vivo. Ya la perdí".

 

No obstante, la certeza de su muerte no ha significado el final de la búsqueda. Como miles de familias colombianas, Gladys mantiene en que conocer la verdad también es una forma de justicia.

 

Cuando se le preguntó si era posible rescatar algo bueno de semejante tragedia, guardó silencio durante unos segundos: “De bueno no tiene nada porque el dolor es muy grande".

 

Pero luego encontró una respuesta distinta.

 

Aceptó que el camino recorrido le permitió conocer otros territorios, participar en talleres y convertirse en una lideresa que acompaña a personas que atraviesan el mismo sufrimiento.

 

En otras oportunidades la búsqueda ha dejado de ocurrir en fiscalías y tribunales y se ha trasladado al territorio de los sueños.

 

Gladys asegura que ha visto a Elvis dos veces mientras duerme.

 

En la primera ocasión le preguntó dónde estaba. Él no respondió. Simplemente le dio la espalda y siguió caminando.

 

La segunda vez fue distinta. Su hijo la abrazó y le dijo: “Mamá, no llore por mí. Donde estoy, estoy bien, estoy feliz".

 

Ese sueño ocurrió hace cerca de dos años.

 

Desde entonces, advirtió, algo cambió en su interior. “Si mi hijo me lo dijo en un sueño, es porque es así". Después guardó silencio. Solo entonces añadió una frase, casi en un susurro: “A veces siento que Elvis se sienta al borde de mi cama".

 

Quizá sea esa presencia invisible la que la ha sostenido durante más de 20 años. O quizá sea la fuerza inagotable de una madre que, aunque ya no espera encontrar con vida a su hijo, sigue convencida de que ninguna desaparición puede ser condenada al olvido.

 

—¿Ya perdonó a los que mataron a Elvis?

 

—Sí, ya los perdoné.

 

—¿Qué sintió cuando los perdonó?

 

—Un alivio muy grande. Me quité un peso de encima.

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