“Para hablar de paz toca perdonar”, dice campesino de Cumaribo
El secuestro y posterior asesinato de don Jeremías Martínez se produjo hacia finales de 1986 o principios de 1987 en una zona rural del municipio de Cumaribo, en el departamento de Vichada.
La fecha exacta de esa tragedia se ha extraviado un poco de la memoria de Rangel Martínez Rodríguez, quien no tiene dudas de que los autores del crimen perpetrado contra su padre fueron guerrilleros de las otrora FARC.
“Él venía de la finca de la montaña y un grupo armado lo baja de la canoa donde venía. Eso fue por Caño Azul", le explicó hace poco Rangel Martínez al Grupo de Relacionamiento y Comunicaciones de la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP durante un encuentro con víctimas en la cabecera municipal de Cumaribo.
“Sabemos que fue la guerrilla porque el grupo (de un reconocido narcotraficante de la época) no cargaba mujeres y en ese grupo (de secuestradores) había unas tres mujeres uniformadas", aseguró Rangel Martínez, quien nació hace 55 años en la inspección cumaribense de Puerto Príncipe.
Para la época en que su padre fue secuestrado, Rangel Martínez estudiaba en el municipio de Puerto López, Meta. Sus familiares —los que vivían en Cumaribo— y varios testigos le han contado que al parecer a su padre lo asesinaron poco después de la ilegal retención “porque se oyeron unos disparos".
Adicionalmente, los autores del secuestro de don Jeremías empezaron a regar en Cumaribo la versión de que el que intentara buscarlo era hombre muerto. A los pocos días, sin embargo, la parentela del finquero se dio a la tarea de tratar de ubicarlo por el sector de Caño Azul.
“Pero no encontraron ni el olor", dijo Rangel Martínez.
Arrasado por el secuestro y presunta muerte de su padre, Rangel Martínez abandonó sus estudios. Él ha tenido siempre una pasión poco común por volar. Es muy posible que, si su padre no hubiera sido secuestrado y asesinado, él sería hoy en día piloto.
“Pero no se pudo", agregó Rangel Martínez, quien apenas dejó el estudio en Puerto López se dedicó a trabajar en lo que le saliera. Primero laboró en un cultivo de algodón y después se dedicó a las ventas.
El dueño de un almacén en el mencionado municipio metense quedó admirado e impresionado con su trabajo y le ofreció esta vida y la otra para que se quedara.
“Me voy para la montaña, me voy para mi tierra", le dijo Rangel Martínez al generoso hombre, en medio de cantidad de palabras llenas de gratitud.
En realidad, Rangel Martínez tenía en mente a su padre y, personalmente, quería cerciorarse de lo que le había ocurrido en Caño Azul. Entonces regresó a Cumaribo y rápidamente entendió que sus averiguaciones eran estériles, que la suerte de don Jeremías estaba echada y que era un hecho que él ya no era de este mundo.
A los meses volvió a Puerto López y también conoció a la que sería su esposa y madre de sus hijos: Carmen Elisa Pulido. De eso hace ya 35 años y hoy en día Rangel Martínez cuenta con satisfacción que sus tres hijos le salieron gente de bien.
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Con compañera para siempre, Rangel Martínez regresó a Cumaribo. Allí montó su finca y se dedicó de lleno al campo. Pero la alegría no duró mucho. El frente 16 de las FARC lo amenazó y, tras abandonar la finca, tuvo que desplazarse a la cabecera del pueblo.
“Tuvimos que dormir tres meses tirados en el suelo, mi esposa y yo", recordó Rangel Martínez. “Eso para mí fue muy duro. Dormíamos encima de la ropa. Como yo estaba amenazado no podíamos salir a ninguna parte", agregó.
Con los días, las cosas empezaron a mejorar y Rangel Martínez se dedicó a trabajar en actividades relacionadas con el campo, como el engorde de cerdos. Paralelamente, empezó a conseguir algunas cosas para amoblar la casa en la que vivía en alquiler.
Con el paso de los años, Rangel Martínez se convirtió en una persona destacada en Cumaribo. Tal vez por eso las FARC redujeron la presión sobre él. Sin embargo, en un viaje a Puerto Inírida —la capital de Guainía— se topó de nueva con integrantes de esa guerrilla.
Corría el 2015.
“Mi esposa andaba conmigo y se puso a llorar. Yo solo le dije que la muerte era normal, si así Dios lo quería. Si no me matan ellos, me mato en un accidente o me da un ataque. Esa es la muerte", comentó Rangel Martínez, quien poco tiempo después fue llevado ante unos jefes guerrilleros.
—Cuente todo lo que quiera contar—, le dijo uno de los rebeldes.
—Para qué si ustedes me quieren matar—, respondió.
—¿Cómo así, por qué?—, insistió el mismo guerrillero.
En ese momento, Rangel Martínez tomó un segundo aire y durante un buen tiempo les narró a los alzados en armas, una a una, las vicisitudes que tuvo que vivir. “Les conté todo lo que me había pasado: lo de mi padre, lo mío, y les dije que había sido tratado como un delincuente".
—Yo no les debo nada a ustedes. Ustedes como organización sí me deben a mí—, les dijo Rangel Martínez a sus incómodos interlocutores con voz segura.
—No hay ningún guerrillero que tenga orden de matarlo a usted—, le contestaron al unísono los insurgentes, quienes adicionalmente le dijeron que no tenían queja suya y que, por el contrario, lo referenciaban como un líder campesino que reclamaba sus derechos y también los de su comunidad.
—Nosotros le vamos a organizar su problema. Si quiere regrese a su finca—, le dijeron los guerrilleros.
—Yo por allá no vuelvo. Por allá no hay nada que recoger. El ganado se perdió y los otros animales también—, les contestó, sin ánimo de bronca.
Un poco más tranquilo, Rangel Martínez regresó a Cumaribo y por sugerencia de varios de sus amigos se convirtió en un destacado líder social.
El objetivo, según sus palabras, “liderar la defensa de mi gente. Ayudarles a los viejos, que están más viejos que yo, a asegurar sus fincas. La poca juventud que ellos tuvieron se quedó en la montaña".
De eso hace ya siete años y desde entonces Rangel Martínez no ha parado de trabajar por su gente, sin rencores y sin ánimo de venganza.
Es más, no dudó en apoyar en 2023 la candidatura del actual alcalde de Cumaribo, Armel Caracas, quien en el pasado perteneció a las hoy desmovilizadas FARC.
Ese tipo de actuaciones —concluyó Rangel Martínez— hay que hacerlas porque “para hablar de paz toca perdonar".