“Si yo me duermo, se llevan a mis hijos": la vida de María del Carmen, una historia de resistencia

 

María del Carmen Gallego habla de su vida con una mezcla de dolor y gratitud. Y no necesita exagerar lo que le ocurrió. Los recuerdos aparecen uno detrás de otro: una infancia con carencias, los años en los que fue enviada de una casa a otra, el maltrato que sufrió siendo apenas una niña, el miedo provocado por la presencia de grupos armados y, finalmente, el desplazamiento que la llevó a abandonar su hogar para proteger a sus hijos.

 

Tiene 51 años y nació en el municipio tolimense de Planadas, pero cuando tenía dos años sus padres se trasladaron con ella y sus hermanos al departamento del Huila. Fue la cuarta de nueve hijos —cinco mujeres y cuatro hombres— de una pareja de campesinos que trabajaban como jornaleros en cuanta finca veían una oportunidad.

 

La familia terminó asentándose en zonas rurales de Neiva, entre ellas el corregimiento de San Luis. Allí creció María del Carmen junto a sus hermanos, en medio de las dificultades propias de una prole campesina con pocos recursos.

 

Fue bonita", dijo María del Carmen cuando habló su infancia, aunque enseguida hizo una precisión: también estuvo llena de carencias. Y no solamente materiales.

 

Tuvimos carencias afectivas de mi mamá, de mi papá", recordó hace poco en Neiva durante una entrevista con la oficina de prensa de la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP en el marco de un encuentro con víctimas del conflicto armado del Huila.

 

Sus padres, advirtió, no se preocuparon demasiado por garantizarles estudios. En ocasiones, algunos de los hijos fueron enviados a vivir con otras personas que ofrecían comida y techo a cambio de que ayudaran con los oficios de la casa. 

 

María del Carmen conoció esa realidad demasiado pronto.

 

A los nueve años la enviaron a Bogotá, a la casa de una tía. Lo que debía ser una oportunidad para estar cuidada terminó convirtiéndose en otro episodio doloroso de su infancia.

 

La maltrataban, le pegaban y le asignaban labores que no correspondían a una niña de su edad. Permaneció allí aproximadamente un año. Cuando su madre regresó, María del Carmen le pidió volver con ella.

 

Nunca le contó lo que había sufrido.

 

De regreso al campo, su madre volvió a enviarla a trabajar. Esta vez terminó en la casa de una familia en el barrio neivano de Los Mártires. Recuerda a un hombre llamado Orlando Contreras, camionero, y a su familia. Allí tenía que lavar ropa engrasada, un trabajo que por su edad y sus fuerzas apenas podía realizar.

 

Duró unos 15 días.

 

Después volvió de nuevo a la casa familiar. Pero el regreso tampoco significó el fin de las dificultades. Sus padres se separaron y su madre inició una relación con otro hombre. María del Carmen tenía alrededor de 11 años cuando aquel hombre comenzó a castigarla físicamente.

 

Un día decidió enfrentarlo.

 

Usted no es mi papá y usted no tiene ningún derecho", le dijo.

 

El hombre le dio a su madre un ultimátum: o se iba él o se iba la niña. La madre escogió al hombre. María del Carmen quedó en la calle. Tenía apenas 11 años.

 

Pasó por la casa de una prima y después llegó donde una tía, hermana de su padre, en el barrio Santa Isabel de Neiva. Allí permaneció unos nueve años. No recibió grandes comodidades, pero encontró algo que hasta entonces había sido escaso en su vida: respeto.

 

No me daban nada, pero al menos había respeto. Tenía techo y comida", añadió.

 

Allá dejó de ser la niña que había vivido de casa en casa y se convirtió en una mujer. A los 18 años quedó embarazada de su primera hija. El padre de la niña le dio el apellido, pero posteriormente se desentendió de las dos.

 

Con el tiempo, María del Carmen se reencontró con un hombre que conocía desde la infancia. Inició una relación con él y se fueron a vivir a una finca junto con su hija. Construyeron una casa humilde en una zona rural del municipio de Palermo y formaron una familia.

 

Tuvieron tres hijos más.

 

Durante 17 años, María del Carmen trabajó en el campo y se dedicó a sacar adelante a sus cuatro hijos. La vida, aunque difícil, parecía haber encontrado cierta estabilidad.

 

Hasta que apareció nuevamente la violencia.

 

En 2009, su esposo quedó involucrado en un problema relacionado con el robo de unas pertenencias de un vecino. María del Carmen precisó que nunca supo si él había participado o no. Lo que sí recuerda es que la situación se volvió peligrosa.

 

A su esposo lo detuvieron durante dos meses. Cuando salió de la cárcel, la presión no terminó. Según María del Carmen, la guerrilla comenzó a buscarlo.

 

Entonces empezó el miedo.

 

Una persona le advirtió que iban por él y le recomendó que se escondiera. Su marido huyó hacia el monte. Mientras tanto, María del Carmen se quedó en la casa con sus hijos.

 

Los hombres regresaron a buscarlo. Varias veces preguntaron por él. Vigilaban los alrededores. Permanecían cerca de la vivienda.

 

Hasta que un día la amenaza cambió de objetivo.

 

Si usted no nos da razón de su esposo, nos vamos a llevar a su hijo", le dijeron. El niño tenía apenas ocho o nueve años.

 

María del Carmen recuerda ese momento como uno de los más dolorosos de su vida. La posibilidad de que se llevaran a su hijo se sumaba al temor permanente de perder también a sus otros hijos.

 

Y no era un temor infundado. En otra ocasión, recordó, llegaron al colegio donde estudiaban algunos de sus hijos con la intención de reclutarlos.

 

Ella decidió enfrentarse a la situación. Fue hasta el colegio y habló con el rector. “Yo a mis hijos no los voy a volver a mandar al colegio porque no voy a permitir que se me los lleve la guerrilla", le dijo.

 

La situación finalmente se calmó, pero el peligro permaneció.

 

María del Carmen dejó de dormir tranquila. Sentía que en cualquier momento podían llegar por sus hijos. Cada noche podía convertirse en una amenaza.

 

Yo no dormía porque pensaba que, si yo me duermo, ellos vienen y se llevan a mis hijos", explicó. Fue entonces cuando entendió que quedarse ya no era una opción.

 

Empacó algunas cosas y se trasladó a la cabecera municipal de Palermo, donde estaba su esposo. Durante un tiempo intentaron rehacer su vida allí, pero la persecución continuó. La presencia de quienes buscaban a su esposo seguía rondando su vida diaria: cuando los niños iban al colegio, cuando ella salía a trabajar, cuando se movían por el pueblo.

 

Finalmente, su esposo se fue a trabajar a otra zona y María del Carmen quedó sola con sus hijos.

 

Durante varios años permaneció en Palermo, trabajando para sostener a la familia. Pero el miedo no desaparecía. La sensación de estar vigilada y perseguida terminó por agotarla.

 

Alrededor de 2015 tomó otra decisión: volver a Bogotá.

 

Llegó a Suba, donde vivían unas sobrinas que la ayudaron a conseguir trabajo. Durante aproximadamente un año trabajó en un cultivo de flores por la vía al municipio de Cota, Cundinamarca.

 

Pero Bogotá tampoco resultó ser el lugar definitivo para la familia. Sus hijos extrañaban el campo. El frío, el encierro y las dificultades de la capital hicieron que decidieran regresar.

 

María del Carmen volvió entonces a construir su vida en el territorio donde había criado a sus hijos.

 

En el camino hubo otros golpes.

 

Recuerda, por ejemplo, el día en que una casa rural en la que estaban dos de sus hijos se desplomó. La estructura estaba mal construida y terminó cediendo. Los niños estaban adentro. Sobrevivieron.

 

Mi Dios es muy grande, me los protege", dijo.

 

La casa quedó prácticamente destruida. Se perdieron camas, televisor, ollas, vajilla, ropa y buena parte de las pertenencias familiares. Pero para María del Carmen la pérdida material quedó en segundo plano frente a lo que pudo haber ocurrido.

 

Sus hijos estaban vivos.

 

Años después también tuvo que enfrentar la muerte del padre de sus tres hijos menores. Habían pasado aproximadamente 10 años desde la separación cuando él murió, víctima de complicaciones relacionadas con la diabetes.

 

La noticia le dolió, sobre todo por sus hijos.

 

Ver uno como su hijo llora, sufre y uno no poder hacer nada es muy duro", contó.

 

De él conserva recuerdos buenos y malos. Habló de los momentos en que la maltrató psicológicamente y de algunas ocasiones en que llegó a agredirla físicamente. Por eso, dijo, su muerte no significó que tuviera que idealizar la relación que habían tenido.

 

Hoy sus cuatro hijos son adultos. Algunos viven por su cuenta y otros permanecen junto a ella. María del Carmen habla de ellos con orgullo. Los define como trabajadores, honrados y buenos ciudadanos.

 

No todos quisieron estudiar, pero ella asegura que hizo lo que estuvo a su alcance para ofrecerles oportunidades. “Me siento que hice la tarea bien con ellos", afirmó.

 

Esa frase resume buena parte de su historia.

 

Porque María del Carmen no habla de sí misma como una víctima permanente. Reconoce el dolor, recuerda las pérdidas y no oculta las heridas, pero cuando mira el presente encuentra algo que considera mucho más importante: sus hijos están vivos.

 

Para ella, eso es una bendición.

 

Su fe también ocupa un lugar central en esa manera de mirar la vida. Habla de Dios constantemente. Dice que si algo no está en su voluntad, no hay nada que pueda hacerse. Y cuando repasa todo lo que ha vivido, encuentra allí una explicación para haber conseguido seguir adelante.

 

A sus 51 años, María del Carmen no tiene grandes planes para sí misma. Dice que ahora se siente bien. Sus hijos ya son adultos y algunos han construido sus propias familias. Tiene nietos y, entre risas, asegura que no quiere que le den más.

 

Pero si es la voluntad de Dios, ¿qué puede hacer uno?", concluyó.

 

Después de una vida marcada por el abandono, la pobreza, el maltrato, la violencia y el desplazamiento, quizá esa sea la forma que encontró para resistir: aceptar que no pudo controlar lo que otros hicieron con su vida, pero sí pudo decidir una cosa: no dejar solos a sus hijos.

 

Cuando tuvo que escoger entre quedarse o marcharse, se marchó. Cuando tuvo que enfrentar amenazas, las enfrentó. Cuando tuvo que trabajar para alimentar a cuatro hijos, trabajó. Y cuando tuvo que comenzar de nuevo, lo hizo.

 

Su historia no está hecha de grandes victorias ni de finales perfectos. Está hecha de pequeñas decisiones tomadas en medio del miedo.

 

La más importante, quizá, fue aquella que la obligó a dejar su casa.

 

Para María del Carmen, aquello fue un desplazamiento forzado. Pero también fue una forma de proteger la vida de sus hijos.

 

Y hoy, cuando mira hacia atrás, esa es la cuenta que más le importa: ninguno murió, ninguno fue reclutado y todos lograron llegar a la adultez.

 

Después de todo lo que le tocó vivir, María del Carmen considera que esa es su mayor victoria.​