“Yo soy de las personas que no me rindo": Flor Quiñones, víctima de Nariño
A Flor Esneda Quiñones Valencia la violencia le cambió el lugar donde quería vivir, pero no pudo cambiarle la manera en que mira el futuro.
Esta es su historia:
Nació el 16 de septiembre de 1978 en el municipio de Roberto Payán, Nariño, en una familia de siete hermanos. Creció en la vereda Loma Linda, a pocos minutos del casco urbano, entre árboles, selva y ríos.
Recuerda aquella época como una infancia feliz, de esas que parecen pertenecer a un país distinto al que después la guerra la obligó a conocer.
“Nosotros disfrutábamos de todo, de la naturaleza, de la selva", le dijo hace poco Flor a la oficina de prensa de la Unidad de Investigación y Acusación de la JEP durante un encuentro con víctimas del conflicto armado residentes en Bogotá.
Su familia vivía a orillas del río Telembí. Su madre, María Petrona Valencia, era docente y hoy está pensionada. Su padre, Ezequiel Quiñones, trabajaba en la minería y murió en 1995 —cuando Flor tenía apenas 16 años— después de que una mina se le vino encima.
El hombre tenía poco más de 30 años.
La tragedia familiar, sin embargo, no terminó allí. Años después llegaría otra forma de violencia, esta vez ejercida por hombres armados que irrumpieron en la cotidianidad de Roberto Payán.
En 1999 llegaron los paramilitares y también los guerrilleros.
Para Flor, el cambio fue brutal. Hasta entonces, su infancia había transcurrido lejos de las escenas de violencia que empezaron a convertirse en parte de la vida cotidiana.
De repente, hombres armados instalaron una base en el caserío donde vivía su familia y comenzaron a desplazarse por las veredas cercanas. “Hasta ese momento nunca habíamos vivido la situación de ver personas armadas", dijo.
Entonces llegaron los muertos, las amenazas, los golpes y el miedo. También llegaron los disparos y las explosiones. Las familias aprendieron a dormir preparadas para salir corriendo de sus casas cuando empezaban los enfrentamientos.
“En ese momento tocaba buscar y correr, salirnos de la casa y correr a resguardarnos", explicó.
Las casas eran entonces de madera. En medio de los enfrentamientos, la población civil quedaba atrapada. Los grupos armados se enfrentaban entre sí y también con el Ejército, mientras quienes vivían en el territorio intentaban sobrevivir a como diera lugar.
Flor recuerda especialmente una amenaza que recibió cuando su hija mayor tenía apenas unos meses de nacida. Había ido al río a lavar y, al regresar, unos hombres armados le ordenaron que les cocinara. Ella se negó porque llevaba horas separada de su bebé.
“Les dije que primero iba a darle de comer a mi hija, que antes no", contó.
La respuesta fueron los insultos y una amenaza que todavía recuerda: le dijeron que podían matarla y también amarrarla y dejarla toda la noche en un hormiguero.
No lo hicieron. Pero el miedo quedó.
Su familia también fue testigo de otras agresiones. A una de sus tías, Esperanza Marquínez, la encendieron a planazos (o golpes con la parte plana de un machete) en pleno parque de la vereda. Nadie supo exactamente por qué. Era la época en que preguntar en Roberto Payán podía ser tan peligroso como la agresión misma.
“Uno tocaba ver y callarse y no investigar nada", dijo.
Con la salida de los paramilitares, la violencia no desapareció. La guerrilla tomó el control del territorio y comenzó una nueva etapa de amenazas y señalamientos. Flor vivía entonces con el padre de sus cuatro hijas, que trabajaba transportando madera y movilizando productos y gasolina.
El problema era que, en un territorio controlado por grupos armados, negarse a transportar personas o mercancías era sinónimo de problemas.
“A uno le decían: 'Páseme al otro lado' (del río), quisiera o no. Y a jugarse la vida porque tocaba pasarlos", opinó.
Después comenzaron las amenazas contra quienes, según la guerrilla, habían colaborado con los paramilitares. Flor tenía claro que su marido había sido obligado a prestar servicios. Eso, sin embargo, no les importaba a los hombres armados.
Fue entonces cuando decidieron marcharse de Roberto Payán.
Llegaron a Bogotá hace 16 años. El desplazamiento significó abandonar la tierra, la familia y una forma de vida, pero también enfrentarse a una ciudad desconocida e inmensa.
“Fue muy duro", resumió Flor al recordar aquellos primeros años en la capital colombiana.
Su esposo salió primero. Ella llegó después, sola y embarazada de una de sus hijas. Tuvo que trabajar en un restaurante en la localidad de Kennedy y dejar a sus niñas solas en casa. No conocía a nadie y —para ella— confiar el cuidado de sus hijas a desconocidos tampoco era una opción sencilla.
En medio de esa dificultad decidió estudiar. En 2015 comenzó un técnico en atención a la primera infancia en el Politécnico Internacional. Trabajaba durante el día. Estudiaba desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche. Al regresar a casa debía hacer los trabajos académicos y, lo más importante, atender a sus hijas.
Fueron dos años y medio de esfuerzo.
Su sueño era tener algún día su propio jardín infantil para ayudar a otras madres, especialmente a aquellas que necesitan trabajar y no tienen con quién dejar a sus hijos. Aunque todavía no ha podido ejercer formalmente como técnica en primera infancia, encontró otra manera de cumplir parte de ese propósito.
Hoy trabaja como promotora comunitaria en Bogotá, vinculada a la Secretaría Distrital de Salud, en labores de atención psicosocial. Su trabajo la lleva a acompañar a personas que, como ella, han atravesado historias marcadas por la violencia y el desplazamiento.
“Poder llegar, ayudar a alguien, que alguien diga: 'Guau, logré esto, no sabía esto y ahora lo puedo hacer'. Eso lo llena a uno", comentó.
También sabe que acompañar a víctimas implica enfrentarse diariamente a historias difíciles. Ha escuchado testimonios de personas cuyos familiares fueron asesinados delante de sus hijos o de mujeres que perdieron a sus esposos de formas particularmente crueles.
“Frente al usuario le toca a uno ser fuerte, pero a veces nos desbordamos, nos gana la emoción", reconoció.
Hoy, Flor sigue preparándose. Estudia trabajo social porque quiere tener más herramientas para ayudar a otros. Su experiencia le enseñó que conocer los derechos es también una forma de defenderse.
“Cuando nosotros conocemos nuestros derechos no dejamos que nos los vulneren", sostuvo.
Tampoco cree por el hecho de ser una mujer negra se le hayan cerrado todas las puertas. Puede haber encontrado obstáculos —admitió—, pero se niega a dejar que estos definan su vida.
“Yo soy de las personas que no me rindo y no me acomplejo. Si alguien me dice negra por ofenderme, no lo va a lograr", recalcó.
Sus cuatro hijas son ahora el centro de sus aspiraciones. Una estudia contaduría en Cali gracias a una beca; otra adelanta un técnico en atención a la primera infancia y las dos menores avanzan en el colegio.
Flor quiere que ellas tengan una vida diferente.
Aspiro “a que mis hijas tengan una vida diferente a la mía, que no tengan que correr del lugar donde estén por la violencia, que tengan una vida mejor", respondió cuando se le preguntó por su mayor sueño.
Roberto Payán sigue siendo parte de su historia, pero ya no es el lugar al que quisiera regresar para vivir. Ha vuelto algunas veces, pero el miedo permanece. Ya no se sienta tranquilamente en el parque ni en las gradas como lo hacía antes. La posibilidad de una nueva balacera permanece intacta.
También cuestiona lo que ha significado el proceso de paz firmado hace 10 años entre el gobierno colombiano y las FARC. Para ella, la paz no puede limitarse al silencio de las armas. En su territorio, dijo, todavía existen consecuencias concretas de la guerra: campos minados, miedo y una economía rural destruida.
“Si hay un proceso de paz, empecemos por limpiar para que la gente vuelva por lo menos a eso que es su fuente de ingreso", propuso.
Su mirada hacia el futuro, sin embargo, no está dominada por el resentimiento. Se ve como una mujer que logró sacar adelante a sus hijas, que las verá convertidas en profesionales y que podrá ayudar a más personas.
No tiene todavía la organización que sueña con crear, pero ya empezó a construirla desde su trabajo y desde su propia historia. “Yo llegué a Bogotá y fue duro, pero quiero hacer que a los que lleguen no les sea tan duro como mi experiencia".
Flor perdió una tierra por culpa del conflicto armado, ha vivido amenazas, desplazamiento y miedo. Pero conserva algo que la violencia no consiguió quitarle: la voluntad de levantarse y las ganas de seguir luchando.